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Por: Ferrer Maizondo Saldaña |
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Toda esta celebración es representada, días o semanas antes, por los niños en sus juegos con la arcilla.
El Miércoles Santo es noche del encuentro. Jesús, ayudado por Simón Cirineo, carga la Cruz, y en la parte céntrica de la calle Comercio se encuentra con la Virgen Dolorosa, que con una túnica negra de encaje lleva en su pecho siete puñaladas de plata. Desde la tarde, la población ocupa su tiempo en múltiples actividades; los mayores arman, adornan y están atentos a los detalles del anda de Cristo Crucificado; los jóvenes, prestos y solícitos con San Juan; los niños, luego del apurado almuerzo, mientras van cazando urungos para chuparles la miel, recogen en canastas y bolsas flores silvestres en chacras que bordean la población, luego las deshojan con mucha rapidez, y felices y contentos arrojan durante la procesión, es toda una lluvia de pétalos amarillos.
Previo al encuentro entre la Virgen y su hijo, se presenta San Juan, quien elegante, con terno y sombrero saluda a Cristo. San Juan es el santo de los solteros. “Chagua, chagua, ¡pofff!”, exclaman los jóvenes cuando algún casado pretende acercarse al santo; el único que puede hacerlo es Leopoldo Patiño, quien con su chispa y buen humor enseña a los jóvenes la melodía de las canciones, les cuentas historias y da el retoque final al anda.
El santo es llevado luego por traviesos y burlones jóvenes a algún alejado y solitario lugar, dejado ahí hasta que sea encontrado por damas mayores que molestas ordenan que se devuelva el Santo al acompañamiento general. Los devotos encienden sus ceras en el piso del templo, delante de las andas; aprovechábamos el calor para calentarnos y entre juego y juego armamos con las lágrimas de las ceras los cocobolos, que son pequeñas bolas de cera unidos a la punta de una pita, las mismas que permite golpear a escondidas, rápido y de lejos a los amigos que se quedan dormidos en la misa o están distraídos en la procesión.
Pasado el medio día del jueves se inicia el duelo general. Hay silencio, tristeza. Los niños suspenden travesuras y olvidan bullicio y griterío. Está prohibido el repique de campanas, sólo el sonido de las matracas recorre las calles. La enorme Cruz en la que Cristo está crucificado tiene al pie abundante hierbas aromáticas: arrayán, toronjil, hinojo. Viernes Santo, día de recogimiento, ayuno y luto. Seis hombres con cucuruchos y túnicas blancas ingresan en fila al templo, son los Santos Varones, los judíos; llevan adelante la ceremonia de la desclavación y colocan la imagen de Cristo en el Santo Sepulcro. Los Santos Varones son promesantes que por siete años seguidos son responsables del ceremonial de este día. El Sermón de las Siete Palabras que el sacerdote recuerda en latín y español es acompañada por el coro que en quechua canta:
Ñucñu Jesús Yayallaimi
Calvarioman lloqsimunña
Huañuillanhuan cunaicucuq
Qanchis simi rimaillanhuan.
Canchaq inti purisqampi
Ñacarisqanta qahuaspa,
Yuyainiyoq runa jinam
Llakicuihuan tutayanña.
Al término del Sermón se apagan todas las luces; en la Tiniebla sólo se escucha voces apuradas de los sacristanes: “Ayuden a Cristo”, “Ayuden a Cristo”; y van recorriendo todo el templo golpeando al azar con sus gruesas correas de cuero a los fieles que sentados o arrodillados esperan el castigo.
Recobrada la luz una lenta procesión parte del templo y recorre las calles toda la noche. Al término de cada cuadra hay un obligado descanso, y, entre descanso y descanso circula con mucha rapidez las botellas de quemadito.
La procesión es pausada porque el anda de Cristo pesa demasiado; han colocado una enorme campana cuzqueña de bronce, piedras, varas verdes de maguey; dicen que así los judíos se librarán de sus pecados. El anda cubierta en su totalidad de tela negra, está adornada con cenefas oscuras de papel grueso que son sostenidas con la punta de la cabuya; y, formando varias filas están colocados cirios encendidos que amarrados a pedazos de carrizo puntiagudo. Cada una de las piezas con que Cristo fue crucificado es llevada exclusivamente por señoritas, quienes caminan delante de la procesión, pero con la mirada al anda.
Al término de la semana, al amanecer, se pasa de la pena y el luto al canto y la luz por el Cristo Resucitado, es Domingo de Pascua. Entre repique de campanas, cánticos y fuegos artificiales, Cristo en procesión, con una bandera peruana en la mano, recorre el perímetro de la plaza. Un ponche caliente de ajonjolí, abriga la fría mañana.
Cristo Nuestro Señor
La Virgen Maria
San Juan
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